Poe, una vida truncada by Peter Ackroyd

Poe, una vida truncada by Peter Ackroyd

autor:Peter Ackroyd [Ackroyd, Peter]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Divulgación, Biografía
editor: ePubLibre
publicado: 2008-01-01T00:00:00+00:00


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Visitó Nueva York en otra ocasión, en que de nuevo se vio incapacitado por la bebida. Luego escribió una carta de disculpa a un amigo allí residente, pidiéndole que fuera «suficientemente amable para dar la mejor interpretación posible a mi conducta mientras estuve en N-York. Debiste de formarte una idea algo rara de mí, pero la verdad desnuda es que Wallace [un poeta] insistió en los julepes, y yo no supe qué hacer ni qué decir». Poe tenía la costumbre de echar a los demás la culpa de entregarse a la bebida, tal vez porque era la única manera que tenía de explicar el asunto.

Al año siguiente, su afición a la bebida se había convertido en la comidilla de Filadelfia. Un conocido suyo de los tiempos de Baltimore, Lambert Wilmer, le contó a un amigo común que «está cayendo de cabeza en la destrucción moral, física e intelectual». Poe se hallaba en circunstancias tan apuradas que ofreció su cuento más reciente, «El misterio de Marie Rogêt», a un precio muy bajo tanto a la Notion de Boston como al Baltimore Saturday Visiter. La pérdida de unos ingresos regulares había condenado a la familia a una situación de auténtica zozobra. Los tres se mudaron a una casa más pequeña situada a las afueras de Filadelfia, donde Frederick Thomas los habrá visitado en el otoño de 1842. Según él, «en aquel lugar se respiraba una atmósfera de gran necesidad pecuniaria» y «había retraso y evidente dificultad en procurar la comida». Maria Clemm y Virginia le expresaron a Thomas su deseo de que «Eddie» pudiera conseguir algún tipo de trabajo fijo, pero «yo no tardé en observar con profundo pesar que había vuelto a caer en el hábito de la intemperancia». Quedaron en volver a verse al día siguiente, mas Poe no se presentó a la cita; le escribió después explicándole que había caído enfermo. La excusa habitual.

Poe seguía empeñado en conseguir un puesto de funcionario en la Aduana de Filadelfia. Estaba seguro de que lo lograría, pero, como tantas veces a lo largo de su vida, sus expectativas no tardaron en «verse defraudadas». Ésta fue precisamente la frase que empleó en una carta dirigida a Thomas, donde se quejaba de la insolencia y altivez del mezquino funcionario en quien había puesto sus esperanzas. Su destino era ver frustrados sus propósitos. Sin embargo, no puede decirse que Poe tuviera un interés auténtico por la administración estatal. De todo punto ignorante de la política estadounidense, preguntó en cierta ocasión: «¿Es o no es un hecho que el aire de la democracia le conviene más al mero talento que al genio?». Partidario de la esclavitud, creía en la que él denominaba la verdadera «casta». Sin fe en el progreso ni en la democracia, en cierto sentido estaba divorciado así de la vida de Estados Unidos, o al menos del espíritu encarnado por los estados del Norte.

No obstante, hay que considerar que había estado esperando dicho nombramiento sobre todo como medio para coadyuvar a su plan de dirigir una revista literaria.



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